🏔️ El Tesoro de la Clemesí

Cierta vez un acaudalado señor del valle de Tambo envió, para estas tierras de Moquegua, varios cargamentos de plata y oro, mercancía, al parecer, procedente de entre sus ricos fieles antepasados. Iban estos codiciados metales sobre los lomos de las llamas, animales que eran guiados por un experimentado conductor que conocía bien la región y su geografía. Dirigía la recua sin levantar terreno ese mismo que al compás de la cabalgata guiaba por las travesías de la caravana en sus planes. Aquel paisaje árido y hostil rodeaba con los huesos secos y amarillos de los animales muertos en las caminatas, engañados muchas veces por las ilusorias fuentes donde nunca pudieron saciar su sed.

Habían caminado varias horas y la noche se cernía sobre árido y arriadas. Precisaban descansar para poder llegar a Moquegua libre de incidentes. Así, comprendiendo ello, el fiel conductor acampó con sus bestias para descansar y dormir un ojo. Acomodó las correas de los animales, improvisó un incómodo lecho pero abrigado. Resguardó bien el tesoro y asunto del cansancio fue que lo dejó dormido como un verdadero lirón. Soñaría o no soñaría, en el cuento que a media noche lo despertó una torrencial lluvia que mojaba cuerpo y alma. Abre los ojos y lo que se le presenta a la vista lo envuelve de terror: una tormenta peregrina en esos lugares se había desatado. Los truenos le decían: los relámpagos lo cegaban y presos del pánico hombres y bestias corrieron sin rumbo fijo a través de la pampa laberíntica. Toda la noche caminó el sujeto deshecho el cuerpo y aniquilado el espíritu y al anochecer sus ojos vieron incorporarse la calma y tranquilidad en la tierra.

Cumplidor de su deber y asustado por la mala cuenta que tendría que dar a su dueño y señor por la carga preciosa desaparecida, el hombre se decidió a regresar a pie. Viajando continuo dio con los lugares: se conocía el terreno palma a palmo. Por fin encuentra rastros de la caravana: alfombras, yerbas y en el centro de un palo enterrado hasta la rústica mitad de la arena. Las bestias habían huido con el oro y no se acordaron de volver. Se puso nuestro hombre desesperado y sin esperanza. La había colocado el anterior en su lugar exacto, pero no estaba el desdichado tesoro. Los ojos bien abiertos no vieron nada en el sitio supuesto, absolutamente nada de lo que comenzó a recitar este lamento:

> “El entierro con la luna está apuntado
y pronto por un hombre bueno será encontrado.
Yo velaré por esto prometido, que
Dios me lo mandó por ser enero
y tú me lo quitaste. ¡Oh cruel bandido
quitándome la vida como a un cordero!”



Al pobre serrano no se le podían poner los pelos de punta, pero el frío que le heló la sangre le comunicó finas fuerzas olímpicas a sus piernas, quienes no pararon hasta el Valle de Tambo donde contó monosilábicamente su aventura al patrón. Amo y criado volvieron al lugar de la tragedia, pero por más que buscaron nunca pudieron encontrar el tesoro en marras. Se dice, se cuenta que aún en la pampa de La Clemesí, existe un corralón y el palo enterrado que canta, esperando, sin duda alguna, al hombre bueno.

Lo que no se dice es por qué la voz acusaba al ladrón. ¿Querría el servidor robarlo? ¿Sería mal adquirido por el amo? Es asunto, claro está, importante, pero quien le lo contó no me lo ha dicho.



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📚 Fuente:
En El Comercio, Lima, 5 de mayo de 1940, p. 17. Informante: Juan Chávez, estudiante del Colegio Nacional de Moquegua. Publicado por Emilio Champion.

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